domingo, 30 de agosto de 2009

Cementerios



Fotos: Cemetery from our kitchen window, Julius



“Nada se pierde, todo se transforma.”
Jorge Drexler
Me he levantado temprano y, sin desayunar siquiera, he salido de casa como una autómata. Sin rumbo fijo, sin destino planificado. Ya fuera un recuerdo amargo o un brote de tristeza, el caso es que, de pronto, me he visto ante las puertas del cementerio o, más bien debiera decir, de los cementerios de mi pueblo.

He saludado al enterrador quien, solícito me ha preguntado si buscaba algo. No, no busco nada, sólo estoy echando un vistazo. Pero, miento, porque busco tumbas con una fecha. 1960. Me decepciona el aspecto homogéneo de las lápidas de granito pulido. Todas de color labrador oscuro, a pesar de la casi infinita variedad de mármoles a elegir: amarillo brasileiro, amarillo capri, amarillo veneciano, amazonita, azul orissa, azul india, gran violet, juparana real, kashmir gold, kashmir white , kinawa rosa, rojo azteca, rojo altamira, rojo balmoral, paradiso bash, negro galaxy, negro imperial, … Bellos nombres para hermosos colores.

Sólo al fondo y a la izquierda, encuentro, las viejas cruces de hierro, con chapa de porcelana, sus aquí-yace y el granito en bruto. Tumbas sorprendentemente parecidas a cunas, especialmente, las de los niños. Veo la tumba de una niña con sus mariposas, hadas y patitos. Y la de una familia alemana, con un mini jardín japonés en vez de la aburrida lápida.

Sigo paseando - o buscando- hasta que descubro una nueva puerta ¿Un cementerio junto al cementerio? Sí. Es el cementerio judío. Lápidas cuidadosamente ordenadas, orientadas al sur, mirando a Jerusalén. Ni una flor, ni una cruz. Piedras, estrellas de David y alguna que otra menorah (candelabro de siete brazos, como siete ramas de los arbustos que vio Moisés arder).

Al entrar, el enterrador me advierte de que, si no soy judía, no puedo estar allí. ¿Cómo demuestro que lo soy? Si fuera hombre debería lucir la kipá negra (una gorra, según el enterrador), pero soy mujer y voy en son de paz. Me deja curiosear, hacer fotografías no. Nos ponemos a charlar. No le pregunto su nombre. Es el enterrador, hijo y padre de enterradores. Con la mano derecha sujeta un cubo, con la izquierda reparte puñados de abono sobre los cipreses. Extrañamente, me recuerda el momento de la boda en el que se lanza arroz a los novios. Habla sin dejar de esparcir estiércol. Es el alimento procedente de otras vidas –“nada se pierde, todo se transforma”, que diría Drexler.

Aprendo que, en este cementerio, los muertos están solos. Cada uno en su lecho jamás compartido. No hay 1 de Noviembre ni días de visitas para ellos. No es bueno acudir con frecuencia al cementerio. La familia no “purifica” a sus propios muertos. Son voluntarios los que les lavan el cuerpo y tapan su cara para siempre
con un velo. No hay crematorios ni nichos. Aunque aquí se usa un féretro para no incumplir las leyes españolas, el cuerpo debería estar en contacto con la tierra. Con la misma tierra eternamente. Imposible mudarse de terreno.
Salgo del cementerio y me paseo por La Cabilda. Después, al llegar al pueblo -no me preguntéis por qué-, entro en la Iglesia que no he pisado en los catorce años que aquí llevo. ¿Me estoy volviendo loca?
Mientras desayuno en la única cafetería del pueblo que no exhibe la bandera española, me empieza a preocupar esta manía mía de compartir lo que no había compartido nunca.

viernes, 28 de agosto de 2009

La soledad de los números primos



En una atmósfera densa, opresiva, se desarrolla una historia creíble. Las emociones se describen de forma tan hiperrealista que cualquiera puede verse en el espejo que nos pone Giodarno ante la cara. No hace falta ser un número primo para empatizar con los protagonistas, Alice y Mattia.

Me interesan, sobre todo, las relaciones paterno -filiales y el mensaje explícito: “Las decisiones se toman en un segundo y se pagan el resto de la vida", especialmente si no se analizan las consecuencias, que es lo que Lisbeth Salander (protagonista de la popular e hipnotizadora Millennium) siempre se plantea ante una dificultad. De ahí que me quede con este personaje radicalmente feminista. Aunque en absoluto comparta sus métodos de hacer justicia, me gustan los luchadores que se niegan a ser víctimas.

La canción es de Damien Rice y se titula Grey Room. Es la que escucha Alice en el último capítulo de la novela.

Sentí alivio al concluirla, pero no me habría gustado perdérmela.



Kenny Rogers, The Gambler





On a warm summers evenin on a train bound for nowhere,
I met up with the gambler; we were both too tired to sleep.
So we took turns a starin out the window at the darkness
til boredom overtook us, and he began to speak.

He said, son, Ive made a life out of readin peoples faces,
And knowin what their cards were by the way they held their eyes.
So if you dont mind my sayin, I can see youre out of aces.
For a taste of your whiskey Ill give you some advice.

So I handed him my bottle and he drank down my last swallow.
Then he bummed a cigarette and asked me for a light.
And the night got deathly quiet, and his face lost all expression.
Said, if youre gonna play the game, boy, ya gotta learn to play it right.

You got to know when to hold em, know when to fold em,
Know when to walk away and know when to run.
You never count your money when youre sittin at the table.
Therell be time enough for countin when the deal is done.

Now evry gambler knows that the secret to survivin
Is knowin what to throw away and knowing what to keep.
cause evry hands a winner and evry hands a loser,
And the best that you can hope for is to die in your sleep.

So when hed finished speakin, he turned back towards the window,
Crushed out his cigarette and faded off to sleep.
And somewhere in the darkness the gambler, he broke even.
But in his final words I found an ace that I could keep.

You got to know when to hold em, know when to fold em,
Know when to walk away and know when to run.
You never count your money when youre sittin at the table.
Therell be time enough for countin when the dealins done.

You got to know when to hold em, know when to fold em,
Know when to walk away and know when to run.
You never count you r money when youre sittin at the table.
Therell be time enough for countin when the deal is done.

miércoles, 26 de agosto de 2009

Garmo Negro


Foto: Cementerio de Portsmouth, Julius


A mi amigo Eduardo Terrén Lalana, in memoriam
Garmo Negro

400
Días después,
todavía me pregunto
qué vena te palpitaría
cuando tu pie
perdió su huella.
Qué oscuro pensamiento nacería
cuando tus ojos
dejaron de ver la tierra.

¿Escuchaste el eco distante de un alarido?
¿Notaste el vació en la mano que no te asió?

Me pregunto
si allí donde quedaste
se oye el llanto restallar.
Si entre las grietas
de las odiosas rocas
del Garmo Negro de Panticosa
se esconden los recuerdos
que ya nunca nadie oirá.


lunes, 24 de agosto de 2009

Cocinar o comer


Foto: The Spice Island Inn, eMi

Cocinar puede ser agradable, pero nunca ha constituido un verdadero placer para mí. Es cierto que presenciar el quehacer de la cocina me despierta un irrefrenable deseo de convertirme en una Babette (imaginada por Isak Dinesen –la de Memorias de África), una Vianne Rocher (Juliette Binoche en Chocolat), una Tita De la Garza (de Como agua para chocolate de Laura Esquivel). O, simplemente, en esa heroína de novela que pudo haber sido mi madre. Sin embargo, si me dan a elegir, indudablemente, prefiero ser comensal. Disfrutar de una buena comida es un placer de todos los sentidos que sólo unas pocas experiencias nos pueden ofrecer. Únicamente es preciso tener la precaución de no excederse, con el fin de evitar que ese maravilloso placer se vea arruinado unas horas después.

Esta entrada está dedicada a todas las mujeres y hombres de mi entorno que disfrutan con la buena mesa y, de vez en cuando, tienen a bien compartirla conmigo (una mención especial a los judiones de Concha -"espectaculares"- y a la leche frita elaborada magistralmente por su hija).







Ficha técnica: El festín de Babette (1987), Gabriel Axel


 Ficha técnica: Como agua para chocolate (1992), Alfonso Arau


 Ficha técnica: Chocolat, (2000), Lasse Hallström




domingo, 9 de agosto de 2009

Dolor

Cuadro: Dolor, Émile Friant, 1898

En Hace mucho que te quiero la protagonista, interpretada magistralmente por Kristen Scott Thomas, pasea por el museo de Bellas Artes de Nancy hasta que se detiene ante este cuadro de Friant, titulado Dolor. El dolor que expresa el cuadro es una instantánea de ese sentimiento, reflejo del dolor sin cura que padece la protagonista. No hablaré del argumento de la película porque es importante verla sin saber nada de ella. Poco a poco, todos los interrogantes se van despejando y eso es parte de su éxito, junto con la evolución emocional de Juliette.

En realidad, esta entrada no pretende analizar la película (altamente recomendable, por cierto), sino homenajear la pintura decimonónica. Definitivamente, me gusta la pintura del siglo XIX. Ayer fue Sorolla, hace una semana, Waterhouse. Cada uno, a su debido tiempo, tendrá su correspondiente post. La impresión que me han causado ambas exposiciones merece ser recogida en sendas entradas de este diario abierto. Disfrutar con la anticipación del placer de lo que voy a ver, con el momento en sí de la visita y el sabor que se queda después, son placeres que te hacen en sí mismos agradecer a la vida la inmensa suerte de haber nacido en este lado del hemisferio. Sorolla y Waterhouse son pintores que adoro, pero lo más maravilloso es descubrirlos en directo. Aunque Madrid es rico en sorollas, la exposición del Prado es histórica -no creo que se repita hasta que los hijos de mi hija tengan ocasión de apreciarla. La de Waterhouse es igualmente única e irrepetible. Nunca puedes ver un cuadro a solas, pero la magia que transmiten te permite aislarte de los olores, el calor y las voces que te rodean para centrarte en las emociones, líneas, colores y luces que emanan de los lienzos.

Volviendo a Émile Friant, hace no mucho, disfruté de otra magnífica exposición en el Museo Thyssen dedicada a las sombras. En ella, una de las pinturas que más me atrajo fue
Sombras marcadas, de este pintor francés. Llamó poderosamente mi atención su técnica fotográfica (hace posar a sus personajes, generalmente sus familiares y amigos, como si de una instantánea se tratase). Anoche tras ver la película, me decidí a buscar información sobre él y tomé otra decisión: algún día visitaré Nancy, ciudad donde pueden encontrarse la mayoría de sus obras.

Cuadro: Ombres portées, Émile Friant, 1891



Wikipedia
Malefices

Exposición de Sorolla en el Museo del Prado

Exposición de Waterhouse en La Royal Academy of Arts, Londres

sábado, 8 de agosto de 2009

Placeres de verano



The summer wind, came blowin in - from across the sea
It lingered there, so warm and fair - to walk with me
All summer long, we sang a song - and strolled on golden sand
Two sweethearts, and the summer wind

Like painted kites, those days and nights - went flyin by
The world was new, beneath a blue - umbrella sky
Then softer than, a piper man - one day it called to you
And I lost you, to the summer wind

The autumn wind, and the winter wind - have come and gone
And still the days, those lonely days - go on and on
And guess who sighs his lullabies - through nights that never end
My fickle friend, the summer wind

miércoles, 5 de agosto de 2009

La catedral de Salisbury

Foto: La catedral de Salisbury, eMi

A un alma se le mide por la amplitud de sus deseos, del mismo modo que se juzga de antemano una catedral por la altura de sus torres.
Gustave Flaubert

De todos es sabido el gusto de los ingleses por considerar cada cosa como lo más de algo. Pues bien, este bellezón acumula varios records:

  • Es la que más rápido se construyó –tan sólo 38 años (sin contar la aguja de la torre), de ahí su homogeneidad de estilo.
  • Su claustro es el más grande de Bretaña.
  • Conserva el reloj en funcionamiento más antiguo del mundo.
  • Guarda una de las cuatro únicas copias de la Carta Magna –por supuesto, la mejor conservada.
  • Tiene la aguja más alta de toda Inglaterra -no sé si por las prisas o por el peso de toda su magnitud (6.500 toneladas), pero la aguja, imitando a la famosa torre de Pisa, está inclinada.

Foto: Interior de la catedral de Salisbury, eMi

La catedral de Salisbury es un bellezón. El problema son sus innumerables visitantes, un hormiguero en constante movimiento con su correspondiente bullicio. Cuando llegamos llovía y un coro de niños con una solista angelical ensayaba para el concierto de la tarde. Con un esfuerzo de concentración, conseguí olvidarme del equipo que preparaba las luces y montaba el sonido. Un regalo inesperado de esos que dan las iglesias británicas.

¿Os imagináis cómo sería esta misma catedral hace 700 años? ¿Qué cara se le pondría al campesino cuando descubriera una de estas gárgolas?


Foto: Gárgola de la catedral de Salisbury, eMi

¿Cómo sería cuando Constable la pintó?


Cuadro: La catedral de Salisbury vista desde el jardín del palacio arzobispal (1823), John Constable


Bueno, seamos menos ambiciosos, ¿qué tal haber estudiado el bachillerato en el antiguo palacio arzobispal, a la sombra de su torre? ¿O tener el privilegio de ser el primero en entrar cada mañana en el “gigante”? ¿O, quizás, ver las cosas desde lo alto de su aguja? (“No son diferentes, simplemente son más pequeñas”, dice la persona encargada de su mantenimiento desde hace 40 años.



La catedral de Salisbury seguirá allí cuando nosotros nos hayamos ido y por sus naves pasearán siempre los mismos aunque distintos visitantes como el agua que interminable circula por su fuente.


Foto: Fuente de la catedral de Salisbury, eMi

domingo, 2 de agosto de 2009

Placeres pequeños

Foto: Playa de piedras, Cest



"Los placeres son como los alimentos: los más sencillos son los que nos empachan menos."

Sanial-Dubay

Placeres simples como comer en agradable compañía o beber un buen vino; tomar un baño con sales o recibir un masaje; pasear por un bosque cerrado o perderse en una gran ciudad; sentarse en un balancín a leer una novela que nos ha pillado o relajarse en el sofá a ver una historia apasionante; disfrutar la belleza de un cuadro o admirarse con la técnica de una impresionante fotografía; escuchar una suave melodía o el silencio roto por el piar de los pájaros.

Son tantos los placeres `posibles que nombrarlos todos sería como pretender ponerle nombre a las piedras de la playa de Southsea. Los placeres son innumerables
e inmensos, los que son escasos y pequeños son nuestros bolsillos y nuestras manos para recogerlos.

El Paraíso vacío



...sin la vieja señorita que viajaba con un atlas sin moverse de su sitio.