sábado, 30 de enero de 2010

Ya lo decía Mafalda


"La paz obtenida con la punta de una espada no es más que una tregua"


Mafalda




El DENIP, día escolar de la no-violencia y la paz, se celebra desde 1964 alrededor del día 30 de enero como homenaje a uno de los más grandes personajes de la historia, Mahatma Gandhi, asesinado el 26 de enero de 1948. Celebrando este día, se "propugna una educación permanente en y para la concordia, la tolerancia, la solidaridad, el respeto a los derechos humanos, la no-violencia y la paz."

Y, dado que la lucha por la paz y la lucha contra la pobreza son una misma cosa ("la paz es también un objetivo económico" -Arun Gandhi, nieto de Mahatma Gandhi) comparto con vosotro/as un manifiesto, idea de Cornelivs, publicado el año pasado en muchos blogs.

Habrá que seguir publicandolo hasta que deje de ser necesario.


"Frente al pesimismo de la inteligencia, el optimismo de la voluntad."

Antonio Gramsci



"Casi todo lo que realice será insignificante, pero es muy importante que lo haga"
Mahatma Gandhi

viernes, 29 de enero de 2010

Lonesome cities

Foto: La noche de Madrid, Kiko


"Lonesome Cities? I've known some. Some of them are here."

Rod Mckuen

There’s a few more lonesome cities that I’d like to see
While the want of wanderlust is still inside of me

There’s a few more handsome men that I’d like to know
Just a few more handsome men is down the road I go

Maybe when I have seen it all
Seen all there is to see
I find out I still can not
run away from me

Just as long as trains keep running
Restless woman I’ll be
And there’s a few more lonesome cities that I’d like to see

Hey now,
Maybe when I have seen it all
Seen all there is to see
I find out I still can not run away from me
Just as long as trains keep running
Restless woman I will be
And there’s a few more lonesome cities that I’d like to see
Just a few more lonesome cities that I’d like to see

jueves, 28 de enero de 2010

Nina Simone, Love or leave me







Say, love me or leave me and let me be lonely
You won't believe me but I love you only
I'd rather be lonely than happy with somebody else

You might find the night time the right time for kissing
Night-time is my time for just reminiscing
Regretting instead of forgetting with somebody else

There'll be no one unless that someone is you
I intend to be independently blue

Saaay, I want your love, don't wanna borrow
Have it today to give back tomorrow
Your love is my love
There's no love for nobody else

Say, love me or leave me and let me be lonely
You won't believe me but I love you only
I'd rather be lonely than happy with somebody else

You might find the night-time the right time for kissing
Night-time is my time for just reminiscing
Regretting instead of forgetting with somebody else

There'll be no one unless that someone is you
I intend to be independently blue

Say I want your love, don't wanna borrow
Have it today to give back tomorrow
Your love is my love
My love is your love
There's no love for nobody else

lunes, 25 de enero de 2010

Mus...estra tus cartas



Nos reparten unas cartas que no podemos elegir (familia, genes, ambiente), diferenciando entre cartas buenas y cartas malas, pero no gana siempre el que tiene las mejores cartas, sino el que las sabe jugar.
Jose Antonio Marina, La inteligencia fracasada


¿Que es la vida sino mus?
por Jordi Briñol

¡¡¡Órdago a la grande, a la chica, y si tenéis, a los pares!!!


Con esta lapidaria frase, el muslari que se siente prácticamente perdido ante la escasez de puntos (amarrakos) que le faltan a sus contrarios para vencer, en clara y distante ventaja respecto de los propios, se lo juega todo. Es el final, el último suspiro agónico, el todo o la nada, ese "si muero ya me había hecho a la idea, pero como gane...", el dilema Shakesperiano del “Ser o no Ser”, un último alarde de coraje, entre el desespero y la esperanza.

¿Quién en la vida, alguna vez, no ha tenido que echar un órdago?, siendo los contrarios la misma vida o, en todo caso, aquel sujeto o circunstancia cuya decisión o desenlace nos atormenta y significa, en esos momentos, lo único importante de nuestra existencia, el todo, la supervivencia.

Probablemente todos alguna vez hemos tenido que echar ese órdago, y el que no lo haya hecho que no desespere, a buen seguro la vida le tiene preparada alguna maléfica "mano" en la que deberá "echarlas todas".

El mus, “juego de envite de origen vascongado jugado, habitualmente, entre cuatro participantes y con baraja de 40 naipes”, según la Real Real Academia Española, es un reflejo de la vida misma, la plasmación de nuestro carácter, del verdadero yo que todos llevamos dentro e incluso, a veces, desconocemos, “el hombre es hombre cuando juega”. Durante el juego salen a flote nuestras ilusiones, frustraciones, los instintos más primitivos, manías y supersticiones. La verdadera personalidad, esa que a veces ni uno mismo quiere admitir, se sienta a la mesa sin filtros ni corsés que puedan disimularla. Los cuatro lances (grande, chica, pares y juego) dan para mucho. Si te haces fuerte a la grande deberás “tocar” los pares, pero si esos reyes no llegan... tranquilo, siempre quedará “la chica”, o “el juego”, o “el punto” si crees en la sentencia: “jugador de chica perdedor de mus”.

Pero lo mejor del mus, la verdadera escuela de la vida, es cuando tras “envidarte diez” el contrario, tu le “echas doce más” (o quince, o “los dientes del choto”, que son dieciocho), sabiendo que tus cartas, una vez sobre la mesa, no ganarían ni en esa tómbola ferial, aquella en la que “siempre toca, si no un pito una pelota”. Llevas “perete”, pero tal y como van las cosas habrá que “remar”... y puede que mucho.

Si los contrarios se miran, dudan, te creen “cargado”, se interrogan un “¿cuantos me quitas?” y al final responden “son muchas para mí”, esa sensación no la suple ni la mejor de las satisfacciones imaginables, eso si que es droga y no la mierda que algunos se meten... les has “robado”, tenían mejor jugada pero se “han echado para atrás”, y ese mérito es solo tuyo, y de tu compañero claro, sin cartas, sin jugada, solo con tu coraje, o tu inconsciencia, en definitiva... con dos cojones!. Ya estás ahí, “ya llueve menos”, y encima ellos están tocados, es tu turno, solo tu eres dueño de tu destino.

La vida constantemente nos somete a decisiones en las que tenemos que “echar más piedras” de las que podríamos ganar en pura lógica y de acuerdo con las cartas que nos ha tocado jugar en este estadio de nuestras almas.

El jefe no está dispuesto a subirte el sueldo; el responsable de tu selección no lo tiene claro entre tanto candidato; la casera parece firme en no bajarte el alquiler; el vecino no piensa bajar la música; el urbano te ha pillado al pasar en rojo; el director del banco te dice que no puede mejorarte las condiciones de la hipoteca, ...

Tantas y tantas situaciones nos plantea la vida en las que, con la objetividad en la mano, no tenemos más argumentos que una clara resignación, un “a tragar”, “que sea lo que Dios quiera”, que escapan a nuestro control. Y es en tales situaciones cuando aparece el muslari, aún sin saber que lo es, aún sin haber jugado jamás al mus: “si no me aumenta tendré que valorar otras ofertas más rentables”, “le ruego me avisen pronto porque tengo varias entrevistas”, “si no se adapta a mis posibilidades me buscaré otro piso”, “como no bajes la música te pegaré cuatro ostias”, “agente, le juro que estaba en ambar, además voy a ver a mi primo, el alcalde, que me espera en el ayuntamiento”, “Sr. director, prepáreme la documentación para cancelar la hipoteca”,...

Ninguno de esos argumentos es cierto ni pensamos llevarlo a cabo, ¿como le voy a dar de ostias al vecino si me saca medio metro?, ¿dónde voy a trabajar con mis antecedentes laborales y, aún más, penales?, ¿en que otro banco van a aceptar a un miserable como yo con una nómina tan pírrica y contrato de seis meses?. Es igual, en esos momentos no se piensa en el futuro ni en el pasado, solo el presente existe, y el resto de nuestra vida dependerá de la cara de seguridad con la que echemos ese órdago...

Esa mirada fría, ese rostro inexpresivo y ese tono de voz fuerte, seguro, aunque interiormente vacilante. Seguidamente la pausa eterna, aquellos segundos que parecen minutos, horas, días completos, y al final... un resignado “de acuerdo, Ud. gana”. ¡Hemos triunfado!, los naipes que nos repartió la vida eran pésimos, no había otra opción a parte del “resignarse o morir”, pero nuestro adversario no lo sabía, se lo tragó, no tuvo el valor necesario para querer el órdago y comprobar nuestra jugada, al fin y al cabo sus cartas no eran tan buenas.

Pero... ¿y si lo pierdes?, ¿y si el tipo quiere el órdago y llevaba “ley”?. El mundo se te cae encima, jamás una frase pudo ser tan gráfica en este caso como aquella de “tierra trágame”, te conviertes en el increíble hombre menguante, quisieras no estar ahí, de hecho quisieras no haber nacido, maldices tu suerte y “tus cojones”, recuerdas esa frase adivinatoria de tu madre: “no te metas donde no te llaman”, tienes ganas de llorar aunque tu orgullo, y sobretodo el espasmo muscular múltiple, y por ende de tus lagrimales, te lo impiden... ¡¡¡a la mierda!!!, como diría Fernando Fernán Gómez.

Estas acabado, por fin sabes que se siente cuando se esta muerto, muerdes el polvo y conoces su sabor, se hace el silencio, el mundo, a tu alrededor, avanza a cámara lenta y la vida entera pasa por tu mente en diapositivas. Todas estas sensaciones son realidad cuando pierdes ese órdago de farol que acabaste de echar en “la partida buena”, todo por haber escogido un mal momento o no mostrar suficiente seguridad.

Solo el tiempo, los naipes, las siguientes manos, si el desconcierto y tu estado de shock te permiten aguantar, quizás te den un suspiro, una revancha.

Es entonces, cuando medio noqueado, el Dios del mus agradece tu fidelidad, te entra “un cañón”, “cuatro barbas de primeras dadas” y encima ves de reojo un seña perdida de “duplex”. No quieres el envite a grande, aceptas 3 a chica, para despistar, a los pares metes 5, te revocan con un órdago... ¡si!, ¡te lo han echado ellos pensando que llevas “pitos”! y, de pronto, la tormenta se desvanece, de nuevo sale el sol, el cielo se abre sobre de ti, renace el ave fénix, no existe el mundo, ni la familia, ni el trabajo, ni la enfermedad, tu corazón vuelve a palpitar de nuevo... y mucho, sonríes, miras a tu compañero y lanzando tus cuatro cartas sobre la mesa sentencias con ojos de venganza... ¡quiero!, mientras tus hormonas confundidas se estimulan con el deleite que te produce observar la expresión del tipo cuyas cejas le delataron al pasar la seña.

Has ganado la batalla, pero la guerra continúa, “carpe diem”, disfruta el momento, memoriza todos y cada uno de esos instantes de gloria y, sobretodo, nunca caigas en el craso error de creerte superior, aunque lo simules, no le des al adversario motivos que recordarte cuando el viento cambie. Es el ciclo vital, naces y mueres, para volver a nacer. La clave está en que mientras vivas lo hagas dignamente, sin faltar a tus semejantes, y si es tiempo de morir, lo hagas con la cabeza bien alta... o al menos así lo crean tus verdugos. Vive estudiando tus posibilidades y escoge el mejor momento para echar el órdago a la vida, y si a pesar de ello dudas... ¡que no se te note!.


jueves, 21 de enero de 2010

El Muro



Walls de Costantin Kavafis

Without consideration, without pity, without shame
they have built big and high walls around me.

And now I sit here despairing.
I think of nothing else: this fate gnaws at my mind;

for I had many things to do outside.
Ah why didn't I observe them when they were building the walls?

But I never heard the noise or the sound of the builders.
Imperceptibly they shut me out of the world.



Muros

Sin consideración, sin piedad, sin vergüenza
han construido grandes y altos muros en torno a mí.

Y ahora estoy sentado aquí desesperándome.
no pienso en nada más: este destino roe mi mente;

pues tenía mucho que hacer afuera.
¿Y por qué no los vi cuando levantaban los muros?

Pero nunca escuché el ruido o sonido de los constructores.
Imperceptiblemente me encerraron fuera del mundo.



jueves, 14 de enero de 2010

Poema Dolor de Damaso Alonso





Dolor de Damaso Alonso

Hacia la madrugada
me despertó de un sueño dulce
un súbito dolor,
un estilete
en el tercer espacio intercostal derecho.

Fino, fino,
iba creciendo y en largos arcos se irradiaba.
Proyectaba raíces, que, invasoras,
se hincaban en la carne,
desviaban, crujiendo, los tendones,
perforaban, sin astillar, los obstinados huesos,
durísimos
y de él surgía todo un cielo de ramas
oscilantes y aéreas,
como un sauce juvenil bajo el viento,
ahora iluminado, ahora torvo,
según los galgos-nubes galopan sobre el campo
en la mañana primaveral.

Sí, sí, todo mi cuerpo era como un sauce abrileño,
como un sutil dibujo,
como un sauce temblón, todo delgada tracería,
largas ramas eléctricas,
que entrechocaban con descargas breves,
entrelazándose, disgregándose,
para fundirse en nódulos o abrirse
en abanico.

¡Ay!
Yo, acurrucado junto a mi dolor,
era igual que un niñito de seis años
que contemplara absorto
a su hermano menor, recién nacido,
y de pronto le viera
crecer, crecer, crecer,
hacerse adulto, crecer
y convertirse en un gigante,
crecer, pujar, y ser ya cual los montes,
pujar, pujar, y ser como la vía láctea,
pero de fuego,
crecer aún, aún,
ay, crecer siempre.
Y yo era un niño de seis años
acurrucado en sombra junto a un gigante cósmico.

Y fue como un incendio,
como si mis huesos ardieran,
como si la médula de mis huesos chorreara fundida,
como si mi conciencia se estuviera abrasando,
y abrasándose, aniquilándose,
aún incesantemente
se repusiera su materia combustible.

Fuera, había formas no ardientes,
lentas y sigilosas,
frías:
minutos, siglos, eras:
el tiempo.
Nada más: el tiempo frío, y junto a él un incendio
universal, inextinguible.

Y rodaba, rodaba el frío tiempo, el impiadoso tiempo
sin cesar,
mientras ardía con virutas de llamas,
con largas serpientes de azufre,
con terribles silbidos y crujidos,
siempre,
mi gran hoguera.
Ah, mi conciencia ardía en frenesí,
ardía en la noche,
soltando un río líquido y metálico
de fuego,
como los altos hornos
que no se apagan nunca,
nacidos para arder, para arder siempre.

lunes, 11 de enero de 2010

Un día regalado

Foto: El camino de mis sueños, eMi





Hoy ha sido otro día fabuloso. Me levanté a las 6:15 de la mañana dispuesta a retomar la rutina escolar con el ánimo enardecido por pura voluntad. Para compensar el madrugón, me di una ducha de doble duración. Suelo evitar las duchas matutinas porque me cuesta mucho salir al frío tras las delicias del agua caliente y por mi dichosa obsesión de evitar malgastar el agua. Pero, las últimas lluvias y el retorno a clase, bien se merecían ese dispendio. Después, me he sentado en mi zafu y he puesto mi mente en negro durante algunos maravillosos instantes repartidos a lo largo de media hora. Preparando el desayuno he oído la noticia: Las clases habían sido suspendidas. Mi reacción inmediata ha sido regresar a la cama. Me he tumbado a los pies y, abrazada al calor de Kika, he disfrutado de la primera gran nevada del año. Todo un regalo.

Mientras yo holgazaneaba, el pájaro carpintero debía mantener su ritmo de trabajo habitual. Sin ir más lejos, ayer, con la que estaba cayendo, se devoró la rama de un olmo silvestre que tengo detrás de la cocina. Observar cómo se afanaba, mientras yo acababa mi última novela de estas vacaciones, me provocaba cierta desazón, una desagradable sensación de culpa.




Video: Pájaro carpintero o picapinos, nuestro vecino. Imágenes tomadas desde la cocina de casa

Pero, a los regalos no se les puede poner mala cara, así que me he dispuesto a disfrutarlo saliendo a pasear por el bosque. Es un placer maravilloso ir dejando las pisadas sobre la nieve virgen. El bosque, a pesar del engañoso silencio, daba muestras de estar muy habitado y, por las huellas, era posible percibir mucho movimiento reciente. De ello había pruebas más que evidentes. Marcas en la nieve nos hacían sospechar de persecuciones a vida o muerte con recorridos inverosímiles, laberintos inescrutables para los no iniciados.

Y ahora, aquí estoy yo, disfrutando de mi Wedding Imperial -mi té favorito, el de las grandes ocasiones-, mientras, tras el silencio de la tarde escucho la voz de Kiri Tekanawa y escribo estas letras que comparto con los que vais llegando. De pronto me doy cuenta de que he aprendido a disfrutar el doble y vivo la vida como siempre he vivido los viajes, disfrutando del antes, el durante y el después. Hasta que se acabe.
Os dejo con parte de lo que vi.


Foto: Los columpios, eMi



Foto: El pozo del camino, eMi

Foto: En el pozo, eMi


Foto: El muro, eMi



Foto: Al final del camino, eMi


Foto: Estampas invernales. Variaciones, eMi

domingo, 10 de enero de 2010

Cavernas





Cavernas

En el fondo oscuro
de tus ojos fríos
Vi caracolas
rotas,
descoloridas.

Salieron de cavernas
que un día fueron hogares
poblados de otras vidas.

Tormentas y aguaceros
se entretuvieron
despuntando sus esquinas,
liberando mensajes,
cantos que nadie oyó,
recuerdos que se perdieron.

Pero no creas que lloré.
Con los añicos hice
pespuntes para pañuelos
que nunca me pondré.


viernes, 8 de enero de 2010

Alfama



Alfama

Cuando Lisboa anochece
Como un velero sin velas
La Alfama toda parece
Una casa sin ventanas
En donde la gente se arrecia
Y pone agua robada
En el espacio quitado a la amargura
Que la Alfama conserva encerrada
Entre cuatro paredes de agua

Cuatro paredes de llanto
Cuatro muros de ansiedad
Y por la noche el canto
Hace encender la ciudad
Encerrada en su desencanto
La Alfama huele a nostalgia

La Alfama no huele a fado
Huele a pueblo, a soledad
Huele a silencio angustiado
Sabe a tristeza con pan
La Alfama no huele a fado
Pero no tiene otro canto
Composición: Ary dos Santos/ Alain Oulma


Apenas sin salir de casa durante estas largas vacaciones, he disfrutado,  desde mi ventana, como una niña, del frío, la lluvia y la nieve. He dormido como una adolescente, acostándome tarde y levantándome a las tantas. Esos han sido dos de los mejores regalos que he recibido esta Navidad. El tercero ha sido una antología del fado, entre cuyas canciones he descubierto esta joya de mi admirada Amália Rodrigues. Se titula Alfama.

Escuchándola he viajado en el tiempo. A un tiempo en el que Lisboa era una ruina muy bella. Y he recordado La Alfama, su ropa tendida y chorreante por las calles estrechas y empinadas, su olor a húmedo, los niños cantando fados en los cafés y los postres de naranjas en rodajas.

Pido disculpas por la torpe traducción de esta hermosa y triste canción. He tratado de entender el original y trasladar al castellano lo que me inspiraba.


jueves, 7 de enero de 2010

Tokio Blues de Haruki Murakami



Sin conocer la historia que encerraba (no soy muy ducha en los Beatles), no podía imaginar qué significaba el título. Su nombre en inglés me hacía pensar en los bosques noruegos y no entendía la relación con los blues, y menos aún con Tokio. Después de leerlo, casi prefiero el título de la edición en castellano, Tokio Blues. La edición de Maxi TusQuets (regalo de mi querida Martuka), es sencillamente deliciosa. Su tamaño perfecto para adaptarlo a las sábanas, que es donde acabo el día leyendo.

Norwegian Woods son varias historias de amor y de muerte. Pero, no es un relato común. Ni unos amores como los demás. Ni unas muertes habituales. Sin embargo, la diferencia no se debe a todo eso, sino a la profundidad y belleza de la narración. Mientras lo leía, cada vez que dejaba reposar el libro, ya estuviera yo en la ducha o en la cocina, Watanabe y sus amigos visitaban mi mente como acuden con frecuencia mis conocidos. Y allí se hablaban entre sí y me hablaban a mí, mientras yo trataba de comprenderlos.

El protagonista, Toru Watanabe, que bien podría ser real, es un personaje en pleno proceso de crecimiento.

“Estaba en una edad en que, mirara lo que mirase, sintiera lo que sintiese, pensara lo que pensase, al final, como un bumerán, todo volvía al mismo punto de partida: yo.”
Watanabe es una de esas personas de las que te puedes fiar al cien por cien. Es honesto, sincero y fiel. Carente de maldad. Una quisiera encontrárselo en cualquier momento de la vida, en cualquier lugar.
“No soporto herir a la gente, y mucho menos a la gente que quiero.”

El resto de los personajes también está lleno de matices. El blanco y el negro no existen en la naturaleza, ni en el mundo narrativo de Murakami. Como en una pintura impresionista, los contornos desaparecen. Sin embargo, esto, lejos de desdibujar los retratos, los hace aún más realistas.

El centro de la historia es un diálogo entre dos opuestos. Un diálogo entre la vida y la muerte, dos conceptos que dejan de ser contradictorios desde que la segunda entra a formar parte del mundo adolescente de Watanabe.

“La muerte no existe en contraposición a la vida sino como parte de ella” (…) había estado implícita en mi ser desde un principio”.

Como en las otras dos novelas de Murakami que he tenido el placer de leer, Tokio Blues va de menos a más, hasta alcanzar el crescendo final. Todo un descubrimiento.