T. Géricault, La balsa de la Medusa, 1818-1819, Museo del Louvre, Paris
Corre el mes de junio de 1816. Napoleón ha sido definitivamente derrotado y en Francia vuelve a reinar un monarca absoluto, Luís XVIII. Cuatro fragatas parten para tomar posesión de una colonia africana en Senegal. Tras una tempestad, la fragata Medusa naufraga a menos de 200 kilómetros de la costa. El gobernador, su familia y el resto de pasajeros “importantes” suben a los 6 botes salvavidas. El resto, 149 marineros, soldados y personal de servicio, suben a una balsa de 20x7 para ser remolcados por los botes. Pronto se hace evidente que la balsa lastra su marcha. El capitán decide cortar las cuerdas que amarran la balsa y la abandona a su suerte. Durante 13 días el hambre y la sed, las insolaciones y la desesperación conducen a los hombres a la locura y al canibalismo, al suicidio y al asesinato. El día 17 de julio los supervivientes avistan el Argus -otra de las fragatas de la flotilla. Son vistos, pero el Argus no se detiene (este es el momento que recoge el cuadro de Géricault). Finalmente, esa misma tarde y ese mismo navío rescata la balsa de la Medusa. A bordo sólo quedan 15 hombres, cinco de los cuales fallecen a los pocos días. De los 10 supervivientes, uno de ellos es capaz de contar lo sucedido, sin embargo, la censura impide que la historia llegue a la prensa. Géricault lo pinta y logra que los espectadores de todos los tiempos nos escandalicemos. Las mismas injusticias se repiten y repetirán hasta la enésima.
El arte nos ayuda a reflexionar sobre la Historia de la que somos protagonistas absolutos los hombres y las mujeres anónimos.
Cecilia Bartoli canta Agitata da due venti, de Griselda, Vivaldi