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jueves, 28 de abril de 2011

Renuncias

Foto: Un Rayo de Luz de Kiko


Tras los blancos muros de un convento andaluz, una monja de 20 años borda en el silencio de la tarde. La luz entra a raudales apenas retenida  por las ramas de los naranjos. En el suelo recién barrido se dibujan las sombras.

Sobre la tela áspera, la monja borda unas flores que  no eligió.

Una tras otra, las campanadas de la iglesia marcan el lento ritmo de las horas. Cada tañido le hace levantar la cabeza. Aunque nadie pueda observar sus negros ojos de gitana, en sus pupilas una imagen baila todavía, el jinete de sus fantasías. Se huele la dulzura de su sexo tanto o más que el aroma de los pomelos madurando en la cercana cocina. Los suspiros le hinchan el pecho bajo la camisa.

Su imaginación pone la calma patas arriba. Pero sigue bordando mientras el fresco de la tarde la alivia.

La monja gitana, Federico García Lorca, de "Romancero gitano"

Silencio de cal y mirto.
Malvas en las hierbas finas.
La monja borda alhelíes
sobre una tela pajiza.
Vuelan en la araña gris,
siete pájaros del prisma.
La iglesia gruñe a lo lejos
como un oso panza arriba.
¡Qué bien borda! ¡Con qué gracia!
Sobre la tela pajiza,
ella quisiera bordar
flores de su fantasía.
¡Qué girasol! ¡Qué magnolia
de lentejuelas y cintas!
¡Qué azafranes y qué lunas,
en el mantel de la misa!
Cinco toronjas se endulzan
en la cercana cocina.
Las cinco llagas de Cristo
cortadas en Almería.
Por los ojos de la monja
galopan dos caballistas.
Un rumor último y sordo
le despega la camisa,
y al mirar nubes y montes
en las yertas lejanías,
se quiebra su corazón
de azúcar y yerbaluisa.
¡Oh!, qué llanura empinada
con veinte soles arriba.
¡Qué ríos puestos de pie
vislumbra su fantasía!
Pero sigue con sus flores,
mientras que de pie, en la brisa,
la luz juega el ajedrez
alto de la celosía.

viernes, 25 de marzo de 2011

La casa que hacía esquina

Foto: La casa de la esquina de Enekopy

Despedía un olor agrio, mezclado con toques de madera, cerveza y humo, que combinaban fatal con el olor a sudor rancio del dueño y el perfume empalagoso de una de las inquilinas. El tufillo podía percibirse desde la puerta de la casa que hacía esquina.

No es que yo entrara -que nunca entré. Pero, alguna vez, antes de que pasara lo que pasó, tuve que llamar a su timbre para devolverles una carta extraviada en mi buzón.

Siempre abría él, con su eterno cigarrillo colgando, en irreal malabarismo, del borde inferior del labio. Nunca me preguntó ni dijo nada  más allá de un ronco gracias. A lo lejos,  se oía  la voz de la inquilina. Desde el fondo de la habitación, preguntaba no sé qué. Él no respondía. Cerraba la puerta y tras ella se escuchaban unos golpes secos y el ruido del tranvía.

Era el tranvía de todos los días. Todos sabíamos que en él viajaba, sin retorno, la única posible huida.

eMi

domingo, 6 de marzo de 2011

Otro adiós


Me recuerdo sentada en el asiento de copiloto de un viejo gran Ford. Viajaba con las ventanas abiertas, aunque aún no era verano. De la radio surgía una voz que me hacía sentir protagonista de mi propia película. Era una voz imperceptiblemente rota por las esquinas. Una voz que perteneció a un tiempo en el que ni sospechábamos, pese a que nos lo habían contado, que el tiempo se agotaba. Esa voz ahora se retira y su desaparición me hace sentir una tristeza difusa, marcada por la nostalgia de un nuevo adiós.

jueves, 7 de enero de 2010

Tokio Blues de Haruki Murakami



Sin conocer la historia que encerraba (no soy muy ducha en los Beatles), no podía imaginar qué significaba el título. Su nombre en inglés me hacía pensar en los bosques noruegos y no entendía la relación con los blues, y menos aún con Tokio. Después de leerlo, casi prefiero el título de la edición en castellano, Tokio Blues. La edición de Maxi TusQuets (regalo de mi querida Martuka), es sencillamente deliciosa. Su tamaño perfecto para adaptarlo a las sábanas, que es donde acabo el día leyendo.

Norwegian Woods son varias historias de amor y de muerte. Pero, no es un relato común. Ni unos amores como los demás. Ni unas muertes habituales. Sin embargo, la diferencia no se debe a todo eso, sino a la profundidad y belleza de la narración. Mientras lo leía, cada vez que dejaba reposar el libro, ya estuviera yo en la ducha o en la cocina, Watanabe y sus amigos visitaban mi mente como acuden con frecuencia mis conocidos. Y allí se hablaban entre sí y me hablaban a mí, mientras yo trataba de comprenderlos.

El protagonista, Toru Watanabe, que bien podría ser real, es un personaje en pleno proceso de crecimiento.

“Estaba en una edad en que, mirara lo que mirase, sintiera lo que sintiese, pensara lo que pensase, al final, como un bumerán, todo volvía al mismo punto de partida: yo.”
Watanabe es una de esas personas de las que te puedes fiar al cien por cien. Es honesto, sincero y fiel. Carente de maldad. Una quisiera encontrárselo en cualquier momento de la vida, en cualquier lugar.
“No soporto herir a la gente, y mucho menos a la gente que quiero.”

El resto de los personajes también está lleno de matices. El blanco y el negro no existen en la naturaleza, ni en el mundo narrativo de Murakami. Como en una pintura impresionista, los contornos desaparecen. Sin embargo, esto, lejos de desdibujar los retratos, los hace aún más realistas.

El centro de la historia es un diálogo entre dos opuestos. Un diálogo entre la vida y la muerte, dos conceptos que dejan de ser contradictorios desde que la segunda entra a formar parte del mundo adolescente de Watanabe.

“La muerte no existe en contraposición a la vida sino como parte de ella” (…) había estado implícita en mi ser desde un principio”.

Como en las otras dos novelas de Murakami que he tenido el placer de leer, Tokio Blues va de menos a más, hasta alcanzar el crescendo final. Todo un descubrimiento.

lunes, 7 de diciembre de 2009

El lamento del perezoso


Conocemos al protagonista, Andrew Whittaker, a través de sus escritos. Escritos de todo tipo que van desde cartas (en un mundo en el que ya nadie escribe) a listas de la compra (compras que el protagonista nunca realiza ya que apenas sale de su desmantelada casa). Ese ambiente claustrofóbico queda perfectamente recogido en la novela.

Whittaker es uno de esos humanos que, un día cualquiera, fallecen en la más absoluta soledad y, cuando su cadáver es finalmente hallado, no lo reclama nadie. Y es que, pese a ser considerado por algunos comentaristas “un entrañable visionario”, “un Quijote” de nuestros días, yo lo percibo como una pobre alma infeliz, capaz de contar las más inverosímiles mentiras e incapacitado para sentir tristeza ante la muerte de su propia madre. Una madre, todo hay que decirlo, que negaba la existencia de su hijo eliminando cualquier rastro fotográfico de su paso por esta vida.

Sam Savage hace gala de un particular humor negro para que nosotros mismos, sin descripción alguna, nos hagamos la imagen del protagonista y del sórdido vencindario que le rodea. Una mezcla del Gregorio Samsa de Kafka y Mr. Bean, sobreviviendo en una atmósfera cargante y opresiva, en un mundo lleno de desesperación y sinsentido.

Estoy segura de que la versión en inglés añade los matices que complementarían esta historia, aunque, igualmente, merece la pena ser leída. Es pasados unos días cuando empieza una a sacarle de verdad su jugo.


sábado, 24 de octubre de 2009

Metáforas

Cuadro: Andrew N. Wyeth, Wind from the Sea (1943)
"The window's open, the June breeze gently rustling the hem of the white lace curtains. A faint scent of the sea is in the air. I remember feeling the sand in my hand at the beach. I walk away from the desk and over to Oshima, and hold him tight. His slim body calls up all sorts of nostalgic memories.
He gently rubs my hair. "The world is a metaphor, Kafka Tamura," he says into my ear."


"La ventana está abierta, la brisa de junio hace susurrar quedamente el dobladillo de los visillos de encaje blanco. Un leve aroma de mar está en el aire. Recuerdo el tacto de la arena en mi mano en la playa. Me alejo del escritorio y voy hacia Oshima, y le abrazo fuerte. Su delgado cuerpo me evoca toda clase de nostálgicos recuerdos.
Con ternura me revuelve el pelo. "El mundo es una metáfora, Kafka Tamura," me dice al oído."

Haruki Murakami
, Kafka on the Shore


“Pinta tu aldea y pintarás el mundo”.
Tolstoi



Dos estupendas reseñas sobre Kafka en la orilla se pueden leer en: Letras libres y Libros y literatura.
En Closing Time podéis leer otra cita de la misma novela.

viernes, 28 de agosto de 2009

La soledad de los números primos



En una atmósfera densa, opresiva, se desarrolla una historia creíble. Las emociones se describen de forma tan hiperrealista que cualquiera puede verse en el espejo que nos pone Giodarno ante la cara. No hace falta ser un número primo para empatizar con los protagonistas, Alice y Mattia.

Me interesan, sobre todo, las relaciones paterno -filiales y el mensaje explícito: “Las decisiones se toman en un segundo y se pagan el resto de la vida", especialmente si no se analizan las consecuencias, que es lo que Lisbeth Salander (protagonista de la popular e hipnotizadora Millennium) siempre se plantea ante una dificultad. De ahí que me quede con este personaje radicalmente feminista. Aunque en absoluto comparta sus métodos de hacer justicia, me gustan los luchadores que se niegan a ser víctimas.

La canción es de Damien Rice y se titula Grey Room. Es la que escucha Alice en el último capítulo de la novela.

Sentí alivio al concluirla, pero no me habría gustado perdérmela.