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sábado, 12 de noviembre de 2011

Juan Ugalde sigue dándole vueltas a la pintura



Hacía siglos que no iba a una exposición de pintura postmoderna. Prácticamente desde que desistí de mi empeño en convertirme en doctora del Arte (ni de cualquier otra cosa). Recuerdo con añoranza los intensos y emotivos paseos solitarios por las galerías del barrio de Salamanca. Y echo de menos esos años cargaditos de ocios, a veces muy bien aprovechados gracias a sorprendentes descubrimientos. Esos momentos tienen un espacio esencial en mi memoria, tan reservado como las experiencias amorosas de aquella época. Pues bien, el pasado jueves,  tuve uno de esos reencuentros que últimamente estoy teniendo con algún aspecto de mi pasado. Asistí a la inauguración de una exposición del arte 'más' contemporáneo.

El interés de la muestra, "A vueltas con la maldita pintura", se basa -entre otras cosas- en que artistas ya consagrados presentan a jóvenes creadores de su interés que, a su vez, seleccionan algunas de las obras del comisario de la muestra. Con ello el MUICO (museo de la fundación ICO - Instituto de Crédito Oficial), pretende demostrar que, lejos de estar muerta, la pintura (como los ríos que a veces se secan), siempre encuentra vías para demostrar que está ahí, existe y sigue viva. Las rendijas por las que sigue escapando imparable la pintura  -aparte de los pinceles y el lienzo de toda la vida-,  son la fotografía, la instalación, el video, la arquitectura y la escultura. Incluso aquéllos que siguen fieles a los formatos de siempre, utilizan uno o varios de los recursos aportados por otras manifestaciones artísticas.

Para esta primera ocasión, ha sido convocado Juan Ugalde (Bilbao, 1958)  convertido así en comisario y expositor a la vez. Ugalde es un artista consagrado, de obligada referencia cuando se menciona el arte español de los últimos 50 años. He de confesar que yo no le conocía. Y es fácil de explicar ya que, cuando él empezaba con la pintura -en la década de los 80- yo, prácticamente, lo dejaba. Como todos los que me conocéis bien sabéis, nunca he pintado. Me refiero a mi interés por el arte no conceptual y postmoderno. A finales de esa década, pasé a engrosar las filas de aquéllos que no tenían las claves para diferenciar entre lo que se podía considerar arte genuino o simple entretenimiento y diversión de sus creadores. Empecé a rechazar que me tomaran el pelo con la excusa de que en el Arte no importa el mensaje sino el cómo se transmite -y 'vende'- ese mensaje. El arte empezó a ser mero entretenimiento al que yo me negaba porque dejé de tener tiempo de ocio y empecé a aproximarme a la filosofía. Leía y/o escuchaba entre otros a José María Ripalda, Valeriano Bozal y Derrida que analizaban desde el punto de vista artístico un momento histórico al que yo no podía pertenecer porque trabajaba demasiado para ello.

La otra noche, sin embargo, me reconcilié en parte con los 'neos' y aprecié en toda su salsa que el arte de ese momento no era tan acrítico ni irreflexivo como entonces me parecía. Tampoco tan postmoderno, ya que, como aseguraba Bozal, allá por los 90, en realidad, no existe una ruptura total entre la modernidad (con unos valores nacidos de la Ilustración) y la postmodernidad (con unos valores totalmente ajenos a mí misma,   a saber: presentismo, nocturnidad, búsqueda de lo inmediato, pérdida de la individualidad, culto al cuerpo y a la tecnología,  todo ello aderezado con una llamativa ausencia de preocupación por la justicia, el valor del esfuerzo o la utopía).

La otra noche fue, por tanto, una reconciliación con el posmodernismo. Pero no con todo él, ya que apenas  me interesaron  los divertimentos de Fernando García, ni las elucubraciones garabateadas de Maíllo. Sí, en cambio, me interesó, y mucho,  la pintura expansiva de Doiz y, sobre todo, lo que "quiso suceder" en la pintura entre crítica-utópica-sicodélica-pop y expresiva, fundamentalmente expresiva, de Juan Ugalde. De él, y sólo de él, recibí yo un 'calambrazo', que es, como asegura en el catálogo de la exposición, lo que a él mismo le gusta sentir.

Sin duda, merece la pena pasarse por Zorrilla número 3.


Cuadro: Gato ZZZ, de Juan Ugalde. Técnica Mixta sobre lienzo, 1984


Cuadro: Lunático con animales, de Juan Ugalde. Técnica mixta sobre lienzo, 2011

viernes, 21 de mayo de 2010

El come cocos



Hace casi 30 años me aficioné a los video- juegos y desde entonces siempre me ha faltado tiempo para todo. Todo comenzó con el “come cocos”, una gorda bola amarilla que se comía todo lo que pillaba a su paso por un laberinto plagado de fantasmas de colores. Un juego primitivo si lo comparamos con los fantásticamente sofisticados "Age of Empires" o "Comandos" a los que me aficioné bastante más tarde.

El invento se lanzó el 22 de mayo de 1980 con el nombre de “Puck Man”, pero por temor a que derivara en “Fuck Man” con un simple cambio de letra, se le cambió por el de Pac-Man, aunque para nosotros siempre fue el “come cocos”.

Recuerdo nuestra avidez por guardar monedas para convertirlas en fichas con las que poder superar los records de los compañeros y, sobre todo, el enorme placer que suponía poder entrar en un bar a echar unas partidas. Hoy, gracias a la celebración del 30 aniversario de su lanzamiento, he podido recuperar ese placer que creí perdido para siempre. Todavía estáis a tiempo de echar una partidilla:

domingo, 2 de mayo de 2010

Regalos inolvidables


Beethoven entró en mi vida como una ráfaga de viento y me tumbó al primer contacto. Llegó, allá por los últimos años de la década de los 70, de la mano de un nieto de uno de los amantes de Isabel II, Ricardo Alessanco. Aunque Ricardo tocaba desmañadamente el piano, mi enajenamiento al escucharle era total porque, por aquella época, la mera presencia de un piano constituía para mí una especie de sortilegio.

Casi con toda seguridad, fue el Concierto nº 5, "Emperador", el que Ricardo me dio a escuchar por primera vez, haciéndome observar la delicadeza con la que el piano hace su lenta entrada. Meses después, él mismo me brindó uno de los regalos que más he apreciado a lo largo de mi vida. Nunca antes, y nunca después, me obsequiaría con un regalo semejante. Grabado en una cinta de cassette, que todavía conservo, y acompañado por una tarjeta que decía: “Con el deseo de que escuches tantas cosas que yo no puedo decir”, me entregó la que se convertiría hasta el día de hoy en mi pieza musical favorita, el Concierto para violín en re mayor Op. 61.

Algunos años después, un compañero de la facultad de Geografía e Historia de la Complutense, Gerardo (¡no puedo recordar su apellido!), me hizo otro regalo absolutamente inolvidable. Después de pasar la noche entera haciendo cola en el Real (debía hacer bueno porque era por mayo), me entregó generosísimamente su entrada de “paraíso” para que yo asistiera a “mi concierto”. Claudio Abbado, de director, y Salvatore Accardo, como solista, tocaron para mí.

Viví, y juro que no exagero, una de las experiencias más conmovedoras de mi vida.

Para conocer algo de la vida de Beethoven puedes visitar Senza Tempo

domingo, 4 de abril de 2010

La gran calle de mi ciudad

Cuadro: Antonio López García, Gran Vía (1981)



El Paseo de la Virgen del Puerto es, sin duda, mi calle favorita, y eso que ahora está completamente desconocido. Me gusta por su ermita, porque está rodeado de uno de los más bellos jardines de la ciudad (los jardines del Campo del Moro -cerrados a cal y canto cuando yo era pequeña), pero, sobre todo, me gusta porque es el lugar que fue testigo de mi adolescencia y sus muchas primeras veces.

Tras ella, e igualmente por motivos nada objetivos, la calle donde nací es mi favorita. Es cierto que su situación, casi en pleno centro de Madrid la hace envidiable. Pero la razón por la que es muy especial para mí es que, justo al lado, se abre un insólito pinar. Por él cabalgamos nuestros juegos - y sueños- durante toda la infancia.

De ambas calles, una de las cosas que yo más disfrutaba, era su verdor. Toda la vereda que daba al río estaba tapizada de praderas que el otoño cubría de hojas que nadie se molestaba en retirar. De aquellos grandes chopos ya no queda practicamente nada.

Así pues, no puedo decir que la Gran Vía sea mi calle favorita, pero sí la que más me gusta. A ella escapábamos con los primeros permisos paternos para tomar el autobús sin mayores a nuestro alrededor. En ella disfrutábamos de los estrenos de cine mucho antes de que las películas se proyectaran en doble sesión continua en el barrio. Allá acudíamos en busca de saldos en los Almaces Arias. O a merendar tortitas con nata en alguna de sus lujosas cafeterías - Manila, California-, con la tranquilidad de ahorrarnos el billete de vuelta porque el regreso era cuesta abajo. O, simplemente, íbamos por allí a ver.

Madrid es mi ciudad y, si bien siempre eché en ella de menos el mar, al menos tiene la Gran Vía para pasear. Hoy, viviendo fuera, todavía la aprecio más. La mitad de su vida es buena parte de mi historia.